Hay ocasiones en las que escribir cuesta más trabajo que antes. Las palabras se esconden y los dedos se entumen. Las ideas se disfrazan, el cerebro se confunde. Todo se torna negro, gris, verde, azul. La música no logra sacarme del sopor inicial con el que he amanecido. El desayuno, luego la comida. El café. El mezcal. La siesta. Nada. Schubert, con su serenata me alienta. Hace frío. He terminado la obra navideña que presentaré en la universidad con mis alumnos. La reviso. Me gusta. Me falta elegir la música. Pienso. Escucho. Hago anotaciones. He terminado, pero sigo sin escribir. Hoy no ha sido un día para escribir, sino para escuchar. Me gusta escuchar.
Es el nuevo día. Quiero decir que me pinta excelente. Mis alumnos de secundaria responden mejor. Crecemos. Evolucionamos. Una niña de primer grado me aborda en el pasillo. Me muestra su obra. Ella y su compañera la escriben. Están emocionadas. Me emociono y las aliento a seguir. Más tarde el día se torna caluroso. Acogedor. Mi mundo gira a favor. El sol me sonríe y el cielo me acompaña.
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