Había una vez, en un lugar muy parecido a este, un niño que solía evitar todo contacto con otros. Le gustaba mucho jugar, pero no era muy diestro con los juegos comunes. Las canicas escapaban de sus manos e iban a parar a los bolsillos de los otros chicos de la cuadra como si fuera una maldición. El trompo solo bailaba cuando estaba en manos ajenas, nunca en las suyas. La bicicleta estaba prohibida por el lugar en el que pululaban los peligros: autos en veloz carrera para llegar al mercado central, autobuses fieros que rondaban hambrientos de niños inocentes, el tan famoso “Robachicos” que se escondía detrás de cada semáforo con su costal interminable y desconsolador. Era como si todo juguete se negara a tomar su esencia ante la mirada temerosa y ufana de aquel pequeño inútil de recreos.
Rondaba siempre, en cada vacación en casa de su abuela la aristócrata. Sus finos modales y su buen decir lo agobiaba. Él prefería a su abuela contadora de historias, pero estaba lejos. Decenas de cientos de kilómetros, justo del otro lado del telón vivía la abuela parlanchina entre calles empedradas y árboles que se peinaban con copete. Aun así, la aristócrata tenía cierto encanto. Por la mañana se levantaban a caminar justo después que las campanas de la basílica tocaban su matinal concierto. Caminaban por las calles que después se convertían en veredas. Caminaban. Avanzaban. Ella le enseñaba cosas que él no recordaría jamás, salvo cuando se ponía a caminar sin rumbo, ya entrado en años. Después del recorrido, volvían a casa. Ella entraba a su santuario. Él, siempre en silencio, atisbaba, entre cortinas los juegos de los demás niños del callejón. Así pasaba el mediodía, después llegaba la tarde. Luego la noche. La televisión tomaba importancia a la hora de la siesta de la refinada abuela. Un canal ofrecía películas, antiguas como las muñecas de porcelana que adornaban la sala y las estancias personales. Otro canal decía cosas, muchas cosas. De pronto, al cambiar de canal, aparecía una mujer madura, vestida de azul, sentada en un taburete imaginario y contaba historias, leyendas, cuentos y le recordó a la abuela platicadora. El programa seguía e iban y venían los cuentos. Pasaban personajes, escenarios coloridos y eso le reconfortaba al niño inútil de los juegos.
Un día conoció uno de esos escenarios en vivo. En una de tantas caminatas que hacían él y la abuela bien educada pasaron por un recinto majestuoso. Lleno de luz y belleza.
–Es un teatro- dijo la abuela.
-¿Qué es eso?- preguntó el crío.
–Un lugar donde hay magia y belleza, música y bailes encantadores. Donde se cuentan historias de todas las épocas, de países exóticos y desencantados- respondió la conocedora señora.
– ¿Podemos entrar a ver eso que dices? Preguntó con sus ojos pequeños engrandecidos por el deseo. La abuela, (con esas decisiones extrañas que toman a veces) tomó su mano y compró un par de entradas para una función de teatro. El niño se refugió detrás de la abuela, pues el taquillero se parecía mucho al protagonista de sus pesadillas. A pesar del terrible encuentro entraron. El lugar era justo como en las películas. Un salón enorme, en semicírculo. Justo arriba de ellos cuelga un candelabro gigantesco. Digno de un salón imperial. Se sientan. Frente a ellos hay un enorme dibujo del monte Parnaso. Alrededor del candelabro hay muchas figuras de personajes que, él imagina, deben ser muy importantes. Hay una voz que dice al fin “tercera llamada”. Las luces se apagan y se escucha la orquesta. Empieza la función. Él niño nunca parpadea. No respira. No se mueve. Se queda congelado en el tiempo.
El veneno del teatro había surtido efecto.
Una vez, él, ya convertido en chico mayor se encontró con una abnegada y culta maestra de teatro. Era muy parecida a su abuela Cuentacuentos con un toque aristocrático como el que tenía su abuela de la vacación. Le enseñó a amar el teatro, a vivirlo, transmitirlo y sangrarlo en el sentido poético. Con esa energía que la caracterizaba, ya montaba una obra, ya otra y otra y otra… no parecía haber fin. Pasaba Shakespeare, Moliere, García Lorca, Carballido, Cervantes; uno a uno iba tomando rumbo y volvía a vivir en cada representación. La entrañable Lola se convertía en maestra y después en madre, la madre artística de aquel chiquillo que alguna vez quedó congelado de la mano de su abuela. La mujer que le enseñó a enfrentar la realidad con la ficción. El veneno del teatro seguía corriendo por las venas de aquel aprendiz.
-----Lo sigue haciendo y por el teatro vuelvo a latir. Vuelvo a congelarme en el tiempo. Vuelvo a respirar con el ímpetu que da el amor a la vida. Mi corazón, mi alma se vierte cada vez que la orquesta toca la obertura... cuando abre el…
Telón.
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