Como relámpago en el cielo sereno, la revolución de septiembre de 1810 encendió tantas voluntades libertarias como nuncase había visto en la Nueva España. A las once de la mañana del día dieciséis, cientos de personas armadas se encaminaron a San Miguel el Grande y doce días después eran decenas de miles las que entraban en la capital del estado. La conflagración superó todo límite imaginado y el movimiento propagó la esperanza por todo el virreinato. El virrey dispuso los ejércitos realistas para el combate al mismo tiempo que las instituciones del régimen alzaron una gigantesca campaña para desacreditar , moral y religiosamente, al dirigente y su revolución. A pesar de las amenazas de excomunión y de las recompensas ofrecidas, Hidalgo logró emplazar a ochenta mil hombres a la entrada de la Ciudad de México.
Tomado del artículo "Un cura sorprendente"
Revista Relatos e Historias en México
Año I, Número 2, octubre de 2008 (p. 8)

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